Sara
hablaba, pero ya no podía oírse. Sabía que no había otra cosa en el mundo que
quisiera más que volver a verlo, y lo recordaba, sentada en un sillón de aquel
espacioso lugar, rodeada de gente y aún así más sola que nunca. Si alguna
persona se hubiera acercado a ella en ese momento y hubiera escuchado sus
palabras, probablemente le habrían parecido incoherencias. Sin embargo, para
ella, esas palabras que salían de su boca sin querer, eran el reflejo de un
alma abandonada, de un alma sola, de su alma.
Tres
días antes, Sara y “adiós” (ella le puso así tras su partida, y según parece
olvidó su nombre) pasaban la tarde junto al mar, riéndose de los turistas con
exceso de bloqueador y de aquellas personas que consideran la playa una
pasarela. No tenían prisa de nada, habían dejado de lado sus obligaciones y
durante ese momento, que ahora parece tan lejano, fueron uno, ellos y el mar. Cuando
fue de noche y la luna brillaba no muy fuerte, pero sí muy mágica, danzaron en
la arena, como dos recién casados que se habían olvidado del mundo exterior y
se enfocaron en el suyo.
Dos
días antes, después de haber pasado más tiempo del necesario eligiendo la
música que escucharían de vuelta a casa, fueron a almorzar, se llevaron a
escondidas algunos panecillos envueltos en servilletas, y emprendieron el
viaje. Como era costumbre en sus listas musicales, cada dos canciones sonaba
una pieza instrumental, que los dejaba intercambiar pensamientos antes que
ambos se sumieran en la letra de la siguiente canción. No conocían a nadie más
que lo hiciera, ni mucho menos esperaban que fuera así. Dicen que para ser
feliz hay que decidirse a serlo, y ellos habían tomado esa decisión con solo
conocerse. Después de unas palabras que los dejaron a ambos con una sonrisa en
la cara, empezaron a cantar la canción siguiente, tan alto como les fue
posible.
Ayer
Sara intentó llamarlo tantas veces, que borró un poco las teclas del teléfono. Se
había acostumbrado a la voz femenina de la contestadora, y a veces, por
reflejo, repetía lo que aquella decía. Sabía que él no iba a contestar, y sin
embargo, llamarlo era lo único que se le ocurría hacer en ese momento. A las 4
de la mañana pensó que no deseaba ver cómo amanecía, no sin él al menos, y no
tuvo más remedio que dormirse. Llorar hasta dormirse, si son necesarios los
detalles.
Y
ahí estaba hoy, sentada en aquel lugar, con un café en la mano que le habían
recomendado tomarse, pero que ella había decidido tener de adorno. Todos los
ahí presentes en algún momento la habían vuelto a ver disimuladamente, pero
nadie se había atrevido a llegar a hablarle, ni ella quería que fuera así. Se
sentía aturdida y por extraño que parezca, no podía dejar de hablar. No se
escuchaba, quizá ni estaba muy segura de lo que decía, pero eso había estado
haciendo desde que entró a aquel lugar y tuvo que buscar una manera de retrasar
la realidad, que quería pegarle tan fuerte y tan rápido que no podría
aguantarlo.
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